jueves, 13 de febrero de 2014

A alguien no le puede gustar todo, pero todo le gusta a alguien

Cómo olvidar todas esas veces que mi mamá me dijo que me gustaba la declamación musicalizada y no la música. Claro, todos tenemos derecho de escuchar lo que queramos, y sucede que a mi lo que me gusta es escuchar lo que la gente tiene que decir, soy del tipo que le gusta encontrar subtextos a TODO y si además de eso suena bien, pues mejor, pero no completamente necesario.

Esta línea que he seguido por muchos años, desde que recuerdo, por ejemplo, ha coincido con que lo que he encontrado parece ser directamente proporcional al descontento del público general, y no es para menos, la música se trata de saber organizar el ruido de tal forma que sea agradable al oído y reconocible el nivel de dificultad de su realización, así que la pregunta ¿Qué tiene de interesante el mensaje, teniendo unos arreglos prodigiosos? es bastante recurrente y aunque no digo que una cosa esté peleada con la otra, muy pocas veces he escuchado el planteamiento contrario.

En conclusión, aunque existe mucha buena música con buenos mensajes, también existe buena música sin mensaje y buenos mensajes sin buena música, pero al final, yo creo que el objetivo último de las expresiones artísticas es que el autor/artista/realizador/whoever logre transmitir el mensaje que quería expresar. A alguien no le puede gustar todo, pero todo le gusta a alguien.

Y es cierto, claro que existen parámetros específicos que son los que empoderan a los artistas como tal. Y de todos los sectores culturales, creo que la música es el sector más divido y prejuicioso. Por alguna razón, la gente tiende a considerar malo algo que no les gusta, cuando el "malo" ciertamente es algo relativo, no todo tiene que ser culto, no todo tiene que ser clásico, no todo tiene que ser de una forma u otra, no todo tiene que ser perfecto, no todo tiene el mismo objetivo y definitivamente no todo tiene el mismo público.

Los juicios del valor de la música, estoy segura, venían en la caja de Pandora, y no por que su existencia sea peligrosa, sino porque las posturas de algunas personas resultan sumamente polarizadas y muchas veces tienen los mismos tintes que las pláticas de religiones y de política, la gente puede llegar a tomarse muy personal una crítica negativa a una banda que le gusta y la convicción de que algo es "malo" es justificación para agredir y tachar de ignorante a la persona que lo sigue, lo he visto innumerables veces, y seguramente lo seguiré viendo.

Todo esto, me lleva a pensar en los famosos "gustos culposos", que en definición vendrían siendo algo que sabes que es malo pero igual te gusta. Este concepto me causa un poco de conflicto, no veo la razón por la que algo que te gusta debe hacerte sentir culpable, es como que un hombre/mujer bisexual diga que el mismo sexo es su "gusto culposo", sólo por que la normalidad heterosexual es que sólo te guste el sexo opuesto.

E insisto, no significa que TODA la música esté al mismo nivel en todo. Creo que es, más o menos, como un certamen de belleza, en el sentido de que hay diferentes parámetros a calificar en fondo y forma, alguien tiene que ganar pero todos los participantes están ahí porque, de una forma u otra, todos miden más de 1.70m y pesan menos de 60kg.

Para gustos se hicieron géneros musicales

martes, 4 de febrero de 2014

El Shock Cultural et al

Y pues, de nuevo, me he puesto en una situación en la que prometí no volverme a poner: estudiar fuera de mi país/ciudad/zona de confort. Pero, Con el fin de ir contra mi propia naturaleza, y probablemente por única vez, trataré de narrar esta historia de manera cronológica, porque por más que Tarantino y Nolan cuenten historias en el orden que quieran, mi genialidad no es suficiente.

Así que, vamos a remontarnos a tiempos mejores, menos kilos y más ilusiones: mis 18 años. Recuerdo esos días en los que me sentía vieja por estar rodeada de quinceañeros, sin saber que realmente estaba en el momento justo para hacer lo que yo quisiera, e igualmente sin darme cuenta, tomé la mejor decisión de ese lustro y me fui a Canadá por 10 meses a aprender inglés, sin saber que realmente iba a aprender mucho más que eso.

Dada la naturaleza del programa en el que me fui (para el que, probablemente, si estaba un poco vieja), antes de irnos nos dieron una plática en las que explicaban las diferentes fases del choque cultural con palitos y bolitas, haciéndome sentir un poco nerviosa y preocupada, sobre todo después de decir que el choque cultural incluía subir 5kg (que al final fueron 14, pero esa es otra historia). Para no entrar en detalles al respecto aquí les dejo más o menos la conclusión de esta explicación:



Y yo, por querer ahorrar fases, pasé del "Entusiasmo Inicial" aka "Luna de Miel" al Choque de retorno. Me fui con los ánimos en las nubes y por 10 meses se mantuvieron ahí, al final, el idioma fue lo menos importante, pero el saldo en contra, fueron 2 semanas de llanto sin parar por tener que regresar, ni modo, las cosas siempre tienen que terminar.

Algunos años después, un año después de graduarme de la universidad, pensando que podría ir y hacer solamente a lo que iba (aprender francés), me fui por 6 meses a Francia y desde el día uno ya había conocido suficiente gente como para no querer regresar nunca y tener una familia alternativa y con integrantes internacionales (para más detalles: http://erandimexicaine.tumblr.com/ no mucho pero suficiente). Y si, once again, menos llanto pero el mismo conflicto emocional de abandonar una vida temporal que me regaló muchas experiencias positivas y de crecimiento temporal.

Sin dejar pasar más tiempo, 6 meses después de regresar a México ya estaba haciendo mis maletas de nuevo para regresar al viejo continente, pero a un territorio más familiar: España. Más familiar por razones obvias como la colonización de México, pero luego hablaré más eso. El punto, es que después de haber vivido en países que no son México, vine a España con la misma emoción con la que empiezo un proyecto de vida importante, pero con las mismas expectativas que con los que se desarrollaron en lugares nuevos, pero para mi sorpresa, nos parecemos más de lo que yo esperaba, y eso facilita todo, como poder encontrar salsa Valentina en supermercados no especializados. Valentina <3.

Después de la introducción más grande del mundo (lo siento, amo las hipérboles), he llegado a la conclusión de que el shock cultural se puede dar sin que nos demos cuenta, por ejemplo, tanto en Canadá como en Francia, a pesar de que me rodeé de gente que seguramente estará cerca de mi toda la vida, nunca dejé de sentirme como una extranjera viviendo en el país, muchas costumbres son muy diferentes y aunque adaptarme nunca fue problema, puedo diferenciar entre lo que hago mecánicamente y lo que modifico en mi comportamiento para sentirme menos alienada. Pero en España, los cambios han sido mínimos, empezando por el idioma, ya que fuera de las palabras que no entiendo o que tengo que explicar, no me tengo que preocupar por practicar cómo explicar algún problema que tenga, ni de adaptar mis costumbres, ya que hay más similitudes que diferencias cotidianas.

Una diferencia difícil de ignorar, es que siempre que salí de México fue para aprender otro idioma, luego entonces, me convertí en turista residente ya que mi única preocupación siempre fue sólo platicar y ahora, mis actividades profesionales y académicas, por primera vez, se trasladaron conmigo, por lo que tengo muchas más cosas que hacer que ponerme a platicar, y con esto, también viene la diferencia de llegar sola a vivir con desconocidos a llegar con alguien de confianza y vivir con gente de mi vida pasada.

Al final, todas las experiencias te enseñan algo, y justo cuando piensas que ya sabes qué te enseñaron, muchas veces se complementan con las nuevas y se convierten en una fuente interminable de conocimientos, bueno, tal vez no interminable, pero con término posterior al que pensabas.